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Marco Bonilla padece el síndrome de la regencia


Por Jaime García Chávez

Marco Bonilla, el candidato maruquista a la alcaldía de Chihuahua, padece el síndrome del regente. Eso explica porqué el primer paso legal que dio en su campaña lo empezó con el pie izquierdo y con esta declaración “son reprobables los ataques a Maru”, que registra en la de ocho un periódico de cuyo nombre no quiero acordarme. 

Chihuahua le importa poco a Bonilla, lo que le interesa es quedar bien con su madrina, con quien lo puso, a quien está dispuesto a obedecer y servirle de regente en la ciudad reproduciendo los viejos esquemas monárquicos, en este caso de una potencial reina corrompida políticamente y vinculada a un proceso penal. 

No desconozco que también labró propósitos en otras agendas, pero no lo suficiente, porque cada meta que se proponga hablará del déficit panista que deja del quinquenio del mismo partido de administración municipal. 

Ni rubor tiene cuando habla de que tiene agallas, órgano propio de los peces, que se desmienten instantáneamente con los números que ocupa ese rubro en la atención a al población. De qué sirvió el “Escudo Chihuahua”, la “Maru Mamba Negra”, que de paso vale preguntar dónde está.

Bonilla es un engreído dentro del aparato panista, construido al amparo de reconvertir la administración municipal en un brazo partidario puesto al servicio del proyecto de poder del segmento del PAN que se nutre de la complicidad con los grandes desarrolladores inmobiliarios que, por cierto, beneficiaron a su jefa como candidata a la gubernatura.

¿Creen los integrantes del equipo del PAN que ellos inventaron el municipio de Chihuahua? Así se deja sentir cuando la experiencia la quieren trasladar a todo el estado. Poco o mucho en el pasado, ha habido desarrollos inocultables que no le caben a ellos en sus credenciales meritorias.

En la medida de lo posible me ocuparé de este municipio en mi columna, porque es en el que vivo, mi comunidad cercana, quizá la que más conozco en su inmediatez. Confieso, por lo demás que no es el tema que me resulta más agradable, me refiero a las simples aficiones.


Obed o lo que no tiene nombre

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Lic. Jaime García Chávez/ Obed, recuerdo de tiempos bíblicos, hijo de Ruth, padre de Jesé, abuelo de David y pariente de Jesús, según la genealogía. Para nosotros, hoy, una espina clavada en la conciencia de una sociedad que no se atreve a hacer un alto en el camino, voltear hacia atrás y contestar qué hemos hecho. No fue él únicamente, fuimos todos.

El año pasado, a mediados de diciembre, leí la estupenda obra Lo que no tiene nombre, de la colombiana Piedad Bonnett (Alfaguara, México, 2013). Se trata de una obra, breve por sus dimensiones –131 páginas con ágil tipografía–, pero de una hondura estremecedora. Es un texto, a mi juicio, llamado a figurar al lado de los grandes clásicos que han hecho del suicidio el objeto de su narrativa. En esta obra se conjuntan la brillante existencia de una familia culta y rica, la cultura de nuestro tiempo, la plástica, grandes urbes como Nueva York, y la ambientación, rigurosa y sobria, de un personaje joven que se atrevió a levantar la mano contra sí mismo, quizá por una explicación sólo asequible medianamente por la psiquiatría, pero que requiere de todas las ramas que pueden contribuir a excavar en las profundidades de la comunidad humana, la sociedad y el individuo, conceptos que podemos amalgamar indiscriminadamente pero que guardan su propia significación, por más que hoy se les presente en una especie de división que cobra realidad en una esquizofrenia que todo lo toca, que todo lo daña.

Daniel, el personaje suicida de la novela, que se lanzó al vacío desde lo alto de un piso neoyorkino, se formaba en la pintura; aspiraba no a ser un profesional de la misma, porque a los verdaderos artistas plásticos esto no les importa, sino como la vía para aportar y engrandecer el arte. Se recuerda en esa dirección la desgarradora obra de Jenny Saville, Reverse, de estremecedor realismo, porque a través de él, pienso, podemos observar a Obed. Pero aquel suicida también había escuchado una frase que se interponía entre su talante y talento de hombre dedicado a la plástica y lo que en el entorno escuchaba: “Olvídese de la pintura. La pintura ha muerto”.

Quien se adentra en una disciplina bajo esta desgarradora divisa, es obvio que queda atrapado en una especie de mundo sin alternativas, aunque después estas aparezcan y le den viabilidad a la propia vida, la creación y la expresión del más profundo dolor. Mucho antes, el pintor René Magritte supo del suicidio de su madre y luego, con tonalidades surrealistas que lo hicieron famoso, la plasmó en un estupendo cuadro que mueve no sólo al gusto estético, sino a la reflexión profunda, a la meditación, no lo perdamos de vista, de este doloroso fenómeno en nuestra cultura judeo-cristiana, que no es la única, por más que afanosamente se haya construido una centralidad en derredor de la misma.

Homenaje a Mack Sennet (1937). René Magritte.

La novelista hace un repaso de los que murieron siendo jóvenes y notables: el poeta Keats, a los 25; Sylvia Plath, a los 30; Schubert, a los 31; Alejandro Magno, a los 32; Pizarnik, a los 36; en contraste con Márai, que se suicidó a los 88. Ella tilda de dolorosas y escandalizantes esas muertes, pero nos recuerda también que cada día hay cientos de vidas truncadas, así o de cualquier otra manera, y se dice a sí misma, porque Daniel es hijo de Piedad: “La de mi hijo es tan sólo una de esas infinitas muertes”, lo que riñe con una conseja que viene de mucho tiempo atrás, de que aquellos que son queridos por los dioses mueren jóvenes. Es lo que se espera, porque no va a pasar, y luego acontece.

En la óptica está la idea de que “el futuro ya no parecía prometer nada”. Luego viene el consuelo: Daniel, el suicida, “no saltó, sino que voló en busca de su única posible libertad”. ¿Las razones? La escritora las resume en dieciséis frases: por orgullo / por rabia / por miedo / por falta de fe en sí mismo / por valentía / por vergüenza / por cortesía con los demás / por enajenamiento / por desesperanza / por desencanto / por odio a sus propias elecciones / por frustración / por amor a la pintura / por odio a la pintura / por dignidad / por terror al fracaso y porque, como dijo Salman Rushdie, el escritor maldito de los integristas del islam: “La vida debe vivirse hasta que no pueda vivirse más”. Sobre esta idea bordan no pocos clásicos que han hurgado en el suicidio, por más que la escritora inicie las páginas de su obra con la frase de Peter Handke: “…esta historia tiene que ver realmente con lo que no tiene nombre, con segundos de espanto para los que no hay lenguaje”.

Hay ocasiones en que el suicida se aleja de su casa y de su tierra –en Nueva York no se clasifica a la gente–, en parte porque su país o su nación no ofrecen certezas, y en el lugar prometido, se piensa, todo puede ser mejor o más fácil. No es cierto, porque, además, “ningún amor es útil para el que ha decidido matarse”.

Muchas veces he pensado que sucesos dolorosos como el que comento ya no caben, a la hora de interpretarse, en las alternativas que nos presentan los “textos sagrados”, la Biblia entre nosotros. Y hasta mi admirado Dante Alighieri erra en la Divina comedia al aprisionar eternamente a los suicidas en uno de los peores Círculos del infierno, entre vegetales que impiden el caminar por estrechas sendas plagadas de espinas venenosas. Cuando vivimos en una sociedad en la que estas inmolaciones son recurrentes entre rarámuris y jóvenes, por ejemplo, se impone darse a la tarea de desentrañar las causas, a mi juicio, a partir de respetar la libertad del que decide, con toda o parte de la autonomía de su voluntad, dar por concluida su propia vida; además, y quizá sin proponérselo, se convierten en invulnerables, como lo pensó el poeta Borges. Hoy nadie tiene derecho a imponernos un valle de lágrimas.

Los que nos quedamos en nuestra vida, los seres cercanos que ven la pérdida, son –o han de ser– piezas centrales de la reflexión propuesta, sin explicaciones dogmáticas que aportan condenas, emparentándose quizá con un totalitarismo involuntario. Cada quien, en el más aciago momento del dolor, tendrá que quedarse con lo que tiene a la mano para empezar a caminar de nuevo, llámese como se llame: religión o filosofía, ciencia o mística, arte o poesía, y aun la indiferencia que tendrá sus por qué.

Yo me quedo con lo que nos dice Piedad Bonnett:

“Dani, Dani querido, me preguntaste alguna vez si te podría ayudar a llegar al final. Nunca lo dije en voz alta, pero lo pensé mil veces: sí, te ayudaría, si de ese modo evitaba tu enorme sufrimiento. Y mira, nada pude hacer. Ahora, pues, he tratado de darle a tu vida, a tu muerte y a mi pena un sentido. Otros levantan monumentos, graban lápidas. Yo he vuelto a parirte, con el mismo dolor, para que vivas un poco más, para que no desaparezcas de la memoria. Y lo he hecho con palabras, porque ellas, que son móviles, que hablan siempre de manera distinta, no petrifican, no hacen las veces de tumba. Son la poca sangre que puedo darte, que puedo darme”.
Obed ha de quedar en la memoria. No lo olvidemos, porque, como lo dice la autora, citando a uno de los grandes: “El suicida mira hacia atrás, hace un balance, ve su pasado como algo infame”. Así es posible que lo crea, lo piense –conjeturo desde luego–, pero los que se quedan están obligados a mirar hacia atrás, al presente y no nada más en un evanescente futuro, las más de las veces indefinido y siempre irreal porque aún no llega.

Unión Ciudadana: esto no lo para nadie



Jaime García Chávez

Hace muchos años escuché una sencilla frase que me marcó para siempre: para ser revolucionario en México, sólo se necesita ser honrado.

La honradez es subversiva en un país como el nuestro, poseído por la corrupción. No salimos de la postración y la decadencia porque hemos padecido el pacto permanente de los gobernantes para saquear impunemente el patrimonio de la sociedad. Es una añeja historia: de un sistema de política corrompida, pasamos a otro de corrupción política; de un sistema que se caracterizó por la política con corrupción, se pasó a la corrupción política como sistema.

Vivimos un momento histórico en Chihuahua: el reencuentro de sus ciudadanos, hombres y mujeres de todas partes. Una abigarrada pluralidad que recorre transversalmente toda la sociedad. Aquí estamos lo que somos como pueblo, en esta tierra del norte del país, pero, sobre todo, lo que queremos ser. Me siento emocionado por la comunión presente con los viejos amigos, compañeros de muchas batallas. Aquí hay una gran convergencia, y más que preguntarnos de dónde venimos, en esta hora de dura crisis social y política, debemos contestarnos hacia dónde vamos en una lucha contra una tiranía que nos quiso aplastar con la divisa de que ‘el poder es para poder’ y se desentendió de nuestros derechos, de la Constitución y su división de poderes y del más elemental trato respetuoso con la gente. Una tiranía soberbia, autoritaria, despótica que jamás hemos merecido los chihuahuenses.

Venimos a decirle al tirano, para que se oiga hasta el último rincón de nuestra tierra, que sus días han terminado, que hoy empieza el ciclo de nuestra libertad. Si todavía hay hospedaje para el temor en esta lucha, no tengo menos que recordar lo que le dijo Hidalgo a los insurgentes: guarden ese miedo en su alforja, la tarea que tenemos enfrente requiere mucho talento, pero sobre todo denodada valentía; ser osados, sin olvidar que tenemos la enorme fuerza del número y, sobre todo, la razón y la justicia.

El pasado 23 de septiembre trabamos una triple apuesta:

Primera. Interponer ante las autoridades una sólida denuncia de hechos con un denominador común: la corrupción política existente en el gobierno del estado. El rostro de esa corrupción es César Duarte y también el de sus cómplices, Jaime Herrera y Carlos Hermosillo.

Segunda. Se trata de una apuesta por el Derecho que lleva consigo una prueba para las instituciones encargadas de hacerla realidad.

Tercera. Apelar directamente al pueblo, al cuerpo político, creando Unión Ciudadana como un vigoroso brazo cívico para poner un hasta aquí al Estado clandestino y los poderes ocultos que encabeza César Duarte para apropiarse de la cosa pública y el patrimonio de los chihuahuenses.

La sola presentación de la denuncia obró como disolvente del miedo y Chihuahua respiró porque había iniciado el fin del miedo; la sociedad se puso en movimiento, compaginándose con el parteaguas nacional que arrancó con la desaparición de 43 estudiantes de Ayotzinapa. Nos dimos cuenta, de bulto, que ya nada podía ser igual, que había que hacer pedazos el pacto de impunidad de la clase política que tiene postrado a México y Chihuahua.

Y aquí nos encontramos, aquí nos estrechamos las manos, nos abrazamos y contenemos una energía enorme que muy pronto rendirá sus frutos.

¿Qué hay de nuestra denuncia? Lo decimos enfáticamente: César Duarte y sus cómplices están bajo investigación penal; se integra en su contra una minuciosa investigación para que responda de dónde obtuvo 65 millones de pesos para apoderarse del Banco Progreso, el por qué de los 80 mil millones de pesos, que abusando de sus facultades, ha depositado en el banco del que es socio dominante, disponiéndose a la vez el despliegue de los mecanismos de inteligencia financiera para seguir la ruta del dinero negro, corrupto y corruptor, y muy especialmente para que nos diga por qué el patrimonio de los chihuahuenses fue dado en depósito en una endeble institución de crédito.

No es poca cosa. Pero tampoco crean que soy ingenuo: todo lo que logremos con la investigación será producto del esfuerzo de ustedes, que están aquí y de los que nos acompañan desde sus localidades, poniendo su granito de arena. Me queda claro, y así se los comparto: una clase política como la que padecemos en Chihuahua nunca entregará el poder al pueblo a menos que se vea obligada a hacerlo por una abrumadora presión, para lo cual debemos poner todas las capacidades y energías de la ciudadanía, hasta hace muy poco desamparada pero que ahora se lanza a la batalla en contra de las fortalezas del gobierno corrupto y corruptor de César Duarte.

El expediente que contiene la averiguación previa transpira en los delitos de peculado, enriquecimiento ilícito, ejercicio abusivo de funciones y uso indebido de atribuciones y facultades. Entre todos lo convertiremos en acción penal, en fincamiento de responsabilidades, en castigo a quienes nos han defraudado.

Estoy optimista porque vamos a ganar, porque hemos creado las condiciones para que la exigencia fructifique, porque reclamamos que la rendición de cuentas claras sea una práctica permanente, porque queremos escrutinio completo a los servidores públicos, para que no confundan el ejercicio de los derechos y la disidencia legítima con la comisión de delitos. Tras la frase duartista de que ‘si no le tuvo miedo a los sicarios, menos a los chismosos’, se esconde la estéril ida de cubrirnos con el manto de la delincuencia que sólo a ellos ha cubierto, porque nosotros tenemos las manos y el corazón limpios.

Nos han respondido con discursos construidos para la represión y que corresponden a épocas pasadas. Nos han calificado de homologables al crimen, ambiciosos, decrépitos, enfermos, logreros y chismosos, pero nunca nos han dicho que carecemos de razón y esa es nuestra fortaleza para estar hoy aquí y de pie, ejercitando los derechos que nos da la Constitución y que el tirano ilusamente nos regatea. Han envilecido a las universidades, han preconizado sus privilegios, han caído en el conflicto de intereses. En sentido contrario a ese ruido y vociferación de los poderosos, en la calle se nos apoya, se nos distingue, se nos alienta y se nos reconoce la valentía y la entereza para encarar al déspota. Ahí, en la calle, nos hemos dado cuenta que tenemos músculo para superarlos. Les vamos a demostrar que la escalera de la corrupción se barre de arriba para abajo y que el procedimiento que ellos proponen ahora se intenta precisamente al revés. Hoy crujió el gobierno al golpe de la inconformidad de los trabajadores del estado y la Fiscalía.

Que nadie se llame a engaño. Estas luchas las puede iniciar una mujer o un hombre en lo individual, pero sólo se puede alcanzar su mejor sentido, y sobre todo el triunfo, con la participación de todas y todos.

Por eso hemos llamado al actor olvidado de la política mexicana: los ciudadanos, ustedes.

Esta es una lucha alegre, esperanzadora, feliz y enérgica. Al cabo de muchos años México despertó en la fuerza de sus jóvenes y nada promete más que la nueva generación venga empujando, desplegando las banderas de que México puede ser otro, de que Chihuahua puede ser otro, de que podemos y debemos superar este duro trance para sepultar, para siempre, la corrupción que alimenta al poder autoritario y despótico. Preparemos la tumba de la tiranía.

¡Abajo Duarte! ¡Castigo ejemplar! ¡Esto no lo para nadie! ¡Esto no lo para nadie!

Contra la denuncia formal, el libelo



Hace unos días presenté, dándole voz a los sin voz, una denuncia penal contra el gobernador de nuestra entidad. En una democracia avanzada, un hecho como este, sin ser ordinario, al menos no cobra las tonalidades que aquí observamos y padecemos. Hay una muy usual: alguien mueve los hilos de un títere y oculto espera los beneficios. Bajo esa divisa el títere también –así se sugiere– algo lleva, al recurrir a la calumnia y la difamación, que al final algo deja, entre otras cosas, la ventaja que da no estampar una firma y dar un rostro visible a quien hace las graves afirmaciones. Es, ni más ni menos, la arcaica idea de que sólo unos cuantos tienen el privilegio de pensar, investigar o estar informados. Al resto, a la inmensa mayoría de los ciudadanos, se les encapsula en una cuna que alguien mece. Se trata de viejas patrañas de los enemigos de la cultura democrática.

Pero hay otra práctica igual o más deleznable: convertir al denunciante en una sabandija, logrero de circunstancia, abyecto, corrupto, buscador de fines ocultos e inconfesables y, en esa línea, a quien se atreve a dar la cara y poner su pecho se le puede decir asesino y delincuente; si está entrado en años, decrépito, asignándole vicios y degradaciones con el fin de vertebrar un desprecio popular generalizado. Desde el poder se alimenta una “literatura” de la descalificación, descrédito y denostación, como la que hemos tenido aquí en México a la sombra del arraigado autoritarismo. Carlos Monsiváis, al que tanto debe la construcción de una nueva cultura en el país, algún día habló de los libelos y de eso que catalogó como una especie de técnica de la difamación con la que los poderosos alimentaban su autoconvencimiento para aplastar los movimientos sociales. En esos libelos aparecen personajes inexistentes, que estuvieron como “testigos” cuando se cometieron las fechorías, una suerte de notarios públicos de la calumnia que dan fe de hechos abominables, que narran para prevenir a las buenas personas de no caer en los hoyancos de la provocación. Ya estirada la pluma, estos escritorzuelos se la dan hasta de maestros para mostrar su enorme asombro por la comisión de vilezas que jamás habrían imaginado, en una conducta de un hombre o una mujer.

Si revisamos la historia, así fueron denostados, por sólo dar un manojo de nombres, Hidalgo, Juárez, Madero, en un pasado remoto; o personajes a los que se clasificó como verdaderos monstruos de nuestro presente: Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, y no se diga Andrés Manuel López Obrador a quien, acorde con esta literatura, se le tildó como “un peligro para México”. Hablo de un fenómeno de larga data, que lo mismo ha afectado a personalidades destacadas como las que menciono y a miles de personas que en pequeñas, medianas y grandes luchas se han parado a la mitad del foro para poner los puntos sobre las íes. Esta narrativa se alimenta de una visión maniquea en la que los virtuosos y los buenos están de un lado y los malos y los perversos del otro. Algo así como la lucha del bien contra el mal, por cierto, desentendiéndose de aquella fábula de Augusto Monterroso, que describe cómo las buenas artes del mal se ponen en acción para hacer quedar bien al bien.

La primera noticia que tuve hace muchos años de estas malas artes literarias, fue con motivo del Movimiento de 1968 y la publicación de El Móndrigo, bítacora del Consejo Nacional de Huelga, aparecida misteriosamente en los estanquillos de la prensa en 1969 y cuya factura editorial provenía de una inexistente casa denominada “Alba Roja”, obviamente para que el engaño fuera mayor. Con dos dedos de frente fue fácil llegar a los sótanos de la Secretaría de Gobernación, encabezada entonces por Luis Echeverría; y a Fernando Gutiérrez Barrios, en el mando de la policía política; y a ambos, bajo la sombra de Gustavo Díaz Ordaz. No está demás subrayar que después se demostró que los tres, además de sus cargos en México, eran agentes de la CIA, en aguda etapa de la Guerra Fría. En El Móndrigo, los limpios líderes del Movimiento del 68 quedan reducidos, en unos casos, a simples agentes del gobierno y de los grupos políticos con grandes ambiciones al interior del mismo. Se dedican al engaño, a llevar a los estudiantes con los ojos tapados al matadero, con innobles propósitos y sin importarles ni los medios ni las consecuencias de ponerlos en acción. Para darle dramatismo, se pronuncia la contundente frase en latín Alea jacta est (la suerte está echada); después vendrá la matanza del 2 de octubre que el gobierno no hizo, sino que es producto de la irresponsabilidad a que se llevó a los jóvenes. Es una “literatura” cargada de amenazas, calumnias y difamaciones.
La dialéctica de estos escritos tiene otras muestras destacadas. Al libro Madera, del profesor José Santos Valdés, le sobrevino una edición de engaño llamado ¡Qué poca Mad… era! de José Santos Valdés, para denigrar la guerrilla de Arturo Gámiz García y Pablo Gómez Ramírez, sacrificados el 23 de septiembre, durante el asalto al cuartel de Madera, en 1965. El autor de este libelo fue un tal Prudencio Godines Jr. del que no se sabe nada, menos de su progenitor. En otro momento de la historia reciente, cuando don Daniel Cosío Villegas escribía con su filosa pluma en el periódico Excélsior de Julio Scherer, circuló el pasquín Danny El Travieso, descalificándolo por el financiamiento de fundaciones norteamericanas para la elaboración de la historia moderna de México. Ese periódico a la vez recibió los dardos de dos inexistentes escritorzuelos, José Luis Franco Guerrero y Efrén Aguirre, seguramente dos plumas hospedadas en los sótanos de la Secretaría de Gobernación de aquellos años. Un día después de nuestra derrota en la Universidad Autónoma de Chihuahua, en 1974, me llegó por correo un folleto muy bien impreso y empastado que daba cuenta de la lucha en la que había participado al lado de muchos otros, en la perspectiva de la difamación y la calumnia.

Pues bien, esa literatura no se ha ido, y ahora que regresa el PRI al poder, ha vuelto por sus fueros. Aquí en Chihuahua hay evidencias de ello, aunque ahora bajo el empleo de las nuevas tecnologías, en este caso instaladas por allá en el C-4 de Chihuahua. Desde ahí actúan los que se adiestraron antes en la lectura de El Móndrigo, Danny El Travieso y demás. Los destinatarios aparentes son los disidentes, los pocos periodistas incómodos, de los cuales se puede decir lo que se quiera porque no hay límites en la escritura de la denostación basada en la ficción. Conocedor de estas malas artes de la política fue –es, de hecho– el actual secretario general de gobierno del estado, Raymundo Romero. Por eso no extraña que los mismos mecanismos y las mismas tretas se estén poniendo en escena para los que disentimos del gobierno actual de Chihuahua y además agitamos a las instituciones de la república para que se tomen medidas correctoras, pues no se puede vivir en un estado de corrupción como el de Chihuahua, es ya insoportable. Por eso, quienes levantamos la voz, en automático quedamos en el territorio de la maldad y la perversión; somos el tumor canceroso que se debe extirpar. Esto lo estoy viendo y padeciendo hoy, aquí, ahora. Es una política de riesgo, de alto riesgo, en momentos tan propicios a la provocación, al río revuelto, a la vendetta. Se dan cuenta de eso, pero no les importa.

Me preocupa, finalmente, que a la presentación de la denuncia contra Duarte abunden las felicitaciones por la valentía, generosas pero que no se hacen cargo de los argumentos de fondo; las bendiciones y el llamamiento para que me encomiende a Dios, que me ponga un chaleco antibalas, tenga una salida al exilio, me arme o pida la protección ante la ausencia de mi propio cuerpo protector. Todo eso me preocupa, pero lo que más preocupa es que tengamos ese horrible parecido con la mula de noria que da vueltas y vueltas sobre el mismo sitio sin cambiar nada. Tenemos que cambiar las cosas. Porque yo no puedo, bajo ninguna circunstancia, aceptar lo que se insinúa en la denostación de la que he sido objeto, por más respuesta de este gobierno. Y no puedo porque tengo memoria y aún el vigor para estar de pie. Cuando fui joven me decían que la poca edad me llevaba a juicios que la madurez iba a corregir (incluso Luis Fuentes Molinar me llegó a decir que al filo de los treinta años me convertiría en militante del PRI). Cuando fui maduro se me veía como el ambicioso, calculador que todo lo quería. Y seguí adelante. Ahora, que estoy a punto de cumplir setenta años, se me acusa de decrepitud. ¿Qué puede pensar un viejo con resentimientos de un brillante gobierno como el de Duarte? Sólo necedades.

Pero no es cierto y me atengo al funcionamiento de las instituciones, que si actúan van a esclarecer la abyección en que vivimos, y si se quedan inmóviles estarán corroborando con su silencio que todo lo que se ha dicho es verdad, y desgraciadamente una verdad pequeña de una realidad mayor y más grave.

Todo esto lo recordé al filo de concluir la lectura de una estupenda novela que me hizo creer más en las dificultades para cambiar la realidad en que vivimos, El último tango de Salvador Allende, de Roberto Ampuero, que por cierto me regaló uno de los dos o tres amigos que me quedan en el PRI.

Anatomía de un Grito: gobierno a la defensiva

JAIME GARCÍA CHÁVEZ



Tocqueville afirmó en su obra clásica que la democracia se advierte más en las pequeñas que en las grandes cosas. Un ejemplo basta: un gobernante sencillo, amable, austero, moderado en sus bienes, nos lleva a pensar en un tipo que privilegia la mejor comunicación con sus conciudadanos; en cambio otro que alcanza el rango de barroco, arrogante, ambicioso, presuntuoso, nos lleva invariablemente a reconocer una personalidad divorciada de la buena cultura democrática. Es obvio que no estamos en presencia de una regla invariable, exclusivamente se trata de cómo lo aparente sirve para clasificar o cómo, atrás del barniz o las vestiduras, se puede conjeturar de quién estamos hablando. En nuestra cultura política, bruñida a lo largo de muchos siglos en los que la herencia colonial y los presidencialismos extremos de Porfirio Díaz a Salinas, por indicar dos especímenes memorables, se advierten las personalidades, lo que termina por ser la nota esencial que los define.

Por el objeto de estudio que tuvo Tocqueville en La democracia en América, es obvio que esas pequeñas cosas tuvieron que ver con el Estado nuevo que surgió luego de la Independencia de las Trece Colonias y la fundación de una república democrática. Pero tomando su punto de partida en sentido contrario, podemos afirmar que también el autoritarismo se siente más en las cosas pequeñas que en las grandes, aunque ciertamente éstas siempre se magnifican más allá de lo creíble racionalmente, no obstante que a nuestra clase política, pragmática como lo es, si lo irracional le sirve, también lo emplea.

Desglosando la anatomía del pasado 15 de septiembre en la ciudad de Chihuahua, podremos entender mejor lo que he dicho hasta ahora. La celebración cívica del 204 aniversario del inicio de la Independencia en el curato de Dolores se antoja una conmemoración sencilla, prácticamente del tono de las muchas que ha habido: revestidas con discursos patrióticos, el tradicional grito y la fiesta merecida para recordar cómo México se fue despojando de un colonialismo que se inició en 1521 cuando Hernán Cortés se apoderó de la gran Tenochtitlán. Pero realmente, en los tiempos que corren esta sencillez se ve alterada porque las multitudes que se forman aprovechan la oportunidad para cobrarle deudas al mal gobierno, del que por cierto pidió la muerte el ilustrado don Miguel Hidalgo y Costilla. En la coyuntura pudimos ver en Chihuahua un gobierno a la defensiva y no debe resultar extraño que se tome esta categoría propia de la guerra, pues ello es usual y casi un lugar común desde que Clausewitz demostró que la guerra es la continuación de la política por otros medios, siendo lo contrario también verdad.

El gobierno actual, en este contexto, vio en sus críticos y adversarios a sus enemigos a vencer y no contando con la libertad de iniciativa que permite disponer una buena ofensiva, optó por ocupar su fortaleza y su poder para desde ahí sofocarlos. Abundo en el concepto, desde el punto de vista político y militar, la ofensiva es la manera de obrar de una fuerza que ataca a su enemigo, en cambio la defensiva es la actitud en que se coloca la misma para resistir y rechazar una agresión. El que toma la ofensiva busca al adversario para destruirlo, esforzándose en impedir su propia destrucción. En el hecho que comento hay una salvedad: los adversarios del gobierno no se propusieron mayor ofensiva que rechiflarle al mandamás, gritarle dos o tres de sus calamidades, denostarlo como recurso para el repudio, sin hacerse cargo que los arcos detectores de metal no descubren los sentimientos de las personas. En realidad lo que vimos escenificado fue una lucha de David contra Goliat y a éste con déficit de imaginación.

Por sabido no me refiero a lo que casi es un protocolo para la ceremonia del Grito de Independencia, tiene mucho más de un siglo introyectándose en la conciencia de los mexicanos. Así las cosas, modificarlo se convirtió en el recurso de la manipulación y, por ende, en el desprecio de la sociedad entera. De entrada la participación espontánea se alteró: hubo un acarreo para formar un amortiguador humano entre el balcón escenográfico y el resto de la multitud. Los seccionales del PRI pusieron su cuota, alentados por el circo que presidiría El Buki en la etapa orgiástica del evento. Quisieron arrastrar a los modestos burócratas y profesores y no dudo que hayan logrado su propósito, pero fue loable la resistencia de no pocos. Luego, a las afueras de la fortaleza, había un cordón impenetrable y aborregado, además, dispuesto a proteger al jefe. En otras palabras, el grito como la ceremonia para un solo hombre. Pero no bastó con eso. El palacio de gobierno se convirtió en un búnker custodiado policiaca y militarmente, con barreras metálicas y suficientes arcos detectores de metales. También, por supuesto, a los policías se les adiestró para que reconocieran en cualquier punto a los muy conocidos “agitadores” que alteran los sueños del gobierno. Pero tampoco eso bastó, y aquí viene la maniobra defensiva, por cierto costosísima, limitada a unos cuantos minutos. O sea, el instante que “salva la dignidad”.

Un medio digital propaló que se buscaba una bomba explosiva dentro del recinto del palacio de gobierno, de la cual jamás se supo absolutamente nada. Fue un simple distractor para ahuyentar opositores a los que se les habría cargado el delito. Minutos antes de la ceremonia se entregaron a la multitud un conjunto de pelotas gigantes, livianas y levitantes, para que la multitud se distrajera rebotándolas de mano en mano, porque corrían como suele verse que corren en las playas de veraneo. Eran las pelotas del gobernador con la leyenda infaltable de “Chihuahua Vive”. Estamos a unos minutos de la hora del grito, cuando todo el dispositivo de pirotecnia con las ensordecedoras detonaciones, permitieron una rápida entrada y salida de César Duarte a su balcón para loar a los héroes que nos dieron patria; escuchó el himno nacional porque no podía eludirlo, para adentrarse de nuevo tras los muros de su fortaleza. Las pantallas distribuidas estratégicamente en el evento, no dieron cuenta, difundiendo otras imágenes, de la ceremonia intramuros de abanderamiento, del homenaje en el Altar a la Patria (sitio donde fue fusilado Hidalgo y sus correligionarios), ni de cómo se aproximaba el momento culminante y cívico de la noche, como un recurso, inédito, para privar de aviso a quienes querían cobrar con rechiflas el abuso del poder actual. Al himno de Chihuahua le fue mal: en su premura, Duarte no lo cantó. Aún así, hubo gritos de protesta, pero no en la magnitud que los temían en palacio, donde se regocijaron de que habían salvado la honra y hasta se repartían diplomas verbales. Lo demás ya era la orgía que un día después concluye en crudas, desveladas y dolores de cabeza. El lenitivo sería recordar que se vio a El Buki en persona y a Beatriz Adriana entre los comensales de la élite, que gozó reposadamente dentro de la sede del poder Ejecutivo.

De manera instantánea algunos nos enteramos de la maniobra. El periódico Ahoramismo de Alejandro Salmón y La Opción, de Osbaldo Salvador, reportaron profesionalmente los indicios inequívocos de la maniobra, que permitieron reconstruir los hechos a la luz de los testimonios de no pocas personas asistentes. Otros medios digitales también aportaron datos de lo que se catalogó como “pillar por sorpresa” a una multitud que se suponía iba a realizar una espontánea protesta, que a la postre tuvo verificativo pero no en la escala temida. Varios rayos láser portátiles, rojos y verdes, brincotearon sobre los rostros y cuerpos de los huéspedes del llamado megabalcón. Este periódico que tienes en tus manos, describió bien lo que para mí es una maniobra cuando nos dijo que “los que asistieron a dar el Grito de Independencia, fueron sorprendidos por los fuegos pirotécnicos, que fueron lanzados minutos antes de que el gobernador César Duarte Jáquez, saliera al balcón a lanzar los tradicionales vivas de independencia… Este año se cambió por alguna razón el orden del tradicional grito… Un repentino estruendo, seguido de múltiples luces tricolores, sorprendieron a los asistentes” (El Heraldo de Chihuahua, 16/09/2014, en crónica de Emanuel Fernández).

Luego se dijo que asistieron 100 o 110 mil almas, que no caben ni de cinco por metro cuadrado en el polígono aledaño al evento. La mentira perfecta, en boca del poder, para describir cómo la sociedad se ha lanzado a los espacios públicos. Otra mentira, porque mentir es propicio para magnificar sucesos, más cuando en el vértice del suceso esencial se coloca a salvo la figura del gobernante.

Creo tener razón: también en las pequeñas cosas se advierte más la dominante presencia de un autoritarismo que, para fortuna de todos los chihuahuenses, se encuentra a la defensiva. Ojalá y también tuviéramos la capacidad de ver lo grande que obviamente es más temible y desgarrador. Probablemente otras batallas, sí puedan mostrarlo, evidenciarlo, en el futuro cercano.

El poder de la red ciudadana


Jaime García Chávez

En 1955, los tres primeros concesionarios televisivos del país se fusionaban para crear Telesistema Mexicano, a la postre convertida en Televisa. Ese mismo año, en Londres, nacía Tim Berners-Lee, considerado el padre de la web. Ni uno ni otro sabían, en sus orígenes, el tremendo poder y el impacto que ejercerían en las sociedades contemporáneas, aunque seguramente se lo imaginaban. Sin embargo, hay algo que debió distinguirlos: mientras el pionero consorcio mexicano trabajaría para la acumulación de poder económico –y eventualmente político–, el científico inglés se perfilaba como el fundador y actual director del W3C, el organismo internacional que estandariza las tecnologías web y que, como parte de sus premisas originales, decidió que dichas tecnologías fuesen gratuitas para todos.
Menudea, a estas alturas, bibliografía sobre universitarios brillantes que después de algunos golpes de inspiración y esfuerzos decidieron poner al servicio de las personas, sin ánimo de lucro, el producto de sus desveladas. Además de Berners-Lee se puede citar, entre otros, a personajes como el finlandés Linus Torvalds, creador del kernel o núcleo para un sistema operativo muy popular en nuestros días y que surgiría con la fusión del proyecto GNU, creado a su vez por el neoyorkino Richard Stallman, iniciador del movimiento del software libre y uno de los primeros hackers del Laboratorio de Inteligencia Artificial del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), escuela donde se asienta la sede norteamericana del W3C. Sobresalen también los nombres de los mexicanos Miguel de Icaza y Federico Mena, creadores de un entorno gráfico de escritorio basado en software libre para sistemas operativos y distribuciones GNU/Linux, principalmente, y que es parte de la comunidad GNU.

Debido quizás a ese espíritu libertario, a la universalidad y gratuidad en la utilización e implementación de sus tecnologías es que la web ha tenido el efecto exponencialmente multiplicador que le caracteriza actualmente. Pero una cosa es la web y otra el internet. La primera, como se sabe, se refiere a la manera en que la información se comparte, basado, entre muchos otros, en lenguajes como el HTML; el segundo es la infraestructura masiva o conjunto de servidores interconectados en el mundo que permiten el intercambio de información a través de múltiples lenguajes o protocolos, como los utilizados por la web. El trabajo desarrollado por Berners-Lee y sus colaboradores a principios de los noventa provocó que Estados Unidos, que financiaba y sostenía la red, levantara su prohibición sobre el uso comercial de internet y se transitara, como se ha escrito en infinidad de biografías, “hacia un modelo de administración no gubernamental que permitiese, a su vez, la integración de redes y proveedores de acceso privados”.

Y es aquí donde se dispara el negocio: para que como usuario tenga sentido tener un navegador, un sistema operativo con software libre, una página web y una serie de servicios gratuitos como alojamiento de archivos, cuentas de correo o redes sociales, se requerirá estar conectado al internet, ya sea mediante el sistema telefónico, fibra óptica, de cable o satelital. Para contar con internet es necesario, hasta ahora, contratar los servicios de un proveedor. Pero si ese proveedor es un monopolio, lo que seguramente uno encontrará es precios altos, condiciones leoninas en el contrato, servicio limitado o escalonado (el mejor cuesta más) y, sobre todo, la petulancia de una empresa que, beneficiada por el poder político (el salinismo), impone sus criterios a millones de usuarios cautivos, convirtiéndose en uno de los más poderosos, arrogantes y caros del mundo. Claro que, con los años y al amparo sucesivo del poder político, otras empresas controladas por Televisa lograron equiparar al Telmex de Carlos Slim en la etapa “prerreformista” de Peña Nieto.

Del lado de la televisión la historia mexicana es igual, o peor. Por decirlo de algún modo, forman la parte más amarga del folclor nacional las frases atribuidas a lo largo de sesenta años a los tres hombres más visibles de la familia Azcárraga (recogidas por el escritor Fabrizio Mejía Madrid en Nación TV: la novela de Televisa) que mostraban el compromiso con el poder que desde entonces ostentaba autoritariamente el PRI: “No hay vergüenza ni negación: Televisa y el partido son uno solo”, “somos soldados del PRI y del presidente”, “la gente a la que no le gustan los monopolios es porque no tiene uno; a mí me encantan”, “si la dignidad de alguien se opone al interés de Televisa, que chingue a su madre la dignidad”.

No sólo los Azcárraga pronunciaban tales disparates que desnudaban toda su filosofía, también sus socios y allegados, como Miguel Alemán Velazco, llegaron a expresar cosas como esta: “Esta empresa (Televisa) es priísta. Si hay alguno de ustedes que no sea del PRI, que lo diga ahora y salga para jamás, óiganme: ja-más volverá a trabajar en la te-le-vi-sión”. Jacobo Zabludowsky, el predecesor de Joaquín López Dóriga en los noticieros y protegido de Emilio Azcárraga Milmo, condenó la resistencia civil del Chihuahua 86 con frases como las siguientes: “El fraude se hizo para defendernos de los gringos”, “quien se opone al partido (el PRI) es, de entrada, un antipatriota: ¡imagínense a la oposición gobernando un estado fronterizo!”.

Debido a esa reiterada complicidad es que Televisa –antes que Salinas hiciera lo suyo con Telmex y Slim– se consolidó en el monopolio televisivo que es hasta ahora, condición que ha tenido que compartir, negociadamente, en las últimas dos décadas con Ricardo Salinas Pliego y su TV Azteca. Es en este momento en el que puede citarse una de las frases más demoledoras –debido al contexto en el que se encuentra hoy la llamada reforma Televisa-Peña Nieto de telecomunicaciones– y proviene de Carlos Salinas de Gortari: “Televisa se planteó crear un presidente de México; fue sólo una sugerencia mía”.

Así, según parece, surgió Enrique Peña Nieto. Y ahora, a dos años de ocupar Los Pinos, el mexiquense quiere devolver el favor a la empresa que le otorgó, más allá de la metáfora, una esposa y un cargo privilegiado, el poder para querer controlarlo todo, todo.

Paradójicamente, con el poder de la imagen, de la palabra y de los megabits, los monopolios mediáticos mexicanos han influenciado a un país multifacético con una visión muy corta y unívoca sobre la cultura, las costumbres, la música, las preferencias sexuales, las opciones religiosas y, especialmente, las políticas. La importancia de desmantelar su control absoluto es para darle coherencia a esa pluralidad que los monopolios artificiosamente han negado paulatinamente. La lucha emprendida para enfrentar esas imposiciones se ha dado, precisamente, desde una postura política diferente a la que durante décadas han sostenido el PRI y Televisa. La reciente conformación del Frente por la Comunicación Democrática, encabezado pluralmente por el senador Javier Corral, por el líder moral del PRD, Cuauhtémoc Cárdenas, por el actor Daniel Giménez Cacho y por el poeta Javier Sicilia, entre otros artistas, activistas e intelectuales, representa uno de los grandes esfuerzos de estos días por hacer frente al autoritarismo del PRI restaurado, en la era del postdesengaño panista y la comparsa perredista.

Las demandas son simples para los remitentes, pero enormes de aceptar por los destinatarios, debido a la pérdida de poder que les representan: aprobar las leyes secundarias de la reforma en telecomunicaciones y radiodifusión significaría, entre otros aspectos, poner en riesgo varios principios normativos que hacen posible la endeble libertad de expresión en México y el derecho a la información, y representaría una carta abierta para que el gobierno federal intervenga, bloquee o censure sitios web con el pretexto de la seguridad nacional, además de echar abajo las radios comunitarias y mantener intactos los monopolios actuales, tanto en sus políticas tarifarias como en sus prácticas gangsteriles y de complicidad con el gobierno para intervenir el internet. Por eso se dice, entre los expertos, que si el Congreso de la Unión aprueba las leyes secundarias, la existencia y mediación del recientemente creado Instituto Federal de Telecomunicaciones no tendría sentido.

En 2011, en Estados Unidos, el activismo y la presión de ciertas empresas y de los usuarios en general que han encontrado en la red una herramienta democrática de expresión, echaron abajo la iniciativa de la llamada Ley SOPA (Stop Online Piracy Act, Acta de Cese a la Piratería en Línea) que pretextaba eso, evitar la piratería. En Europa ha habido intentos similares y las advertencias en México, hace unos años, pasaron casi desapercibidas, debido quizá a su tibia publicación en la prensa y al insulso tono de las reuniones que al respecto tuvieron los círculos más especializados y algunas comisiones legislativas. Para enero de 2006 internet alcanzaba los mil cien millones de usuarios. Al 2010, el 78 por ciento de los principales 500 servidores del mundo estaban basados en el software libre de GNU/Linux, según la IDC (International Data Corporation). El tema ya está sobre la mesa, al borde del precipicio. En la capacidad de organización y en la red ciudadana se encuentra el poder para derribar el poder desmedido de los monopolios. En las manos de los legisladores está el destino de una de las reformas más importantes para el país.

En 1991, Linus Torvalds, al crear el núcleo de GNU/Linux, tuvo la disyuntiva ética de vender su producto o donarlo al mundo. Con sólo presionar un botón se decantó por la segunda alternativa.

Recesión democrática


Jaime García Chávez

Recién terminé de leer el libro El fin del poder de Moisés Naím (editorial Debate, 2013-14). El autor es conocido por muy diversos motivos: dirigió Foreing Policy, fue director del Banco Central de Venezuela y también director del Banco Mundial. Es uno de los analistas más leídos en lengua española en temas de economía y política internacional y tiene la reputación de estar en la lista de los pensadores contemporáneos más importantes, a lo cual suma libros traducidos a muchos idiomas, entre los cuales el más reciente es precisamente el que traigo a comentario.
Influyentes políticos como Bill Clinton y Zbigniev Brzezinski al comentar este texto sugieren que cambiará la manera que tenemos de ver la política, por ser inteligente, hetorodoxo e innovador. En realidad contiene enfoques a tomar en cuenta y sobre todo es un arsenal con información dura que no se puede soslayar en el análisis de la economía y la política internacionales. Ojalá y más adelante pueda brindar una reseña más acabada de esta obra. Por ahora me quiero referir a un concepto ahí encontrado y que deseo trasladar como pivote para escudriñar lo que nos pasa a nosotros en la sociedad chihuahuense. No me extiendo a todo el país porque quizás eso forme parte de un comentario futuro.
El concepto es “recesión democrática” y sugiere que esta última oleada que ha barrido innumerables autoritarismos en el mundo, ha entrado en una fase de estancamiento o adormecimiento. Antes otros llamaron “malestar en la democracia”, que obviamente nos hablaría no de una inconformidad con esta forma de gobierno pero sí con un sinnúmero de circunstancias que están en su seno y que no encuentran las soluciones que se le asociaron, quizá por un error de casar realidad con ideales, como una saga a la llegada y consolidación de las transiciones de los viejos sistemas autoritarios a los democráticos. Sin duda estamos en una crisis de la democracia representativa y las herramientas de la participación pueden ser el remedio a través de plebiscitos, referéndums, iniciativas legislativas populares y la revocación de mandatos que no tienen por qué condenar a la sociedad a la espera de años que parecen siglos, cuando llegan pésimos gobernantes.
Para Naím hoy las autocracias son menos autocráticas. Las elecciones son esenciales a la democracia pero para el autor no son el único indicador de la apertura política; hay que ver también lo que pasa con la libertad de prensa, las libertades civiles, los controles y contrapesos que limitan el poder. Pero de todas maneras se deplora la existencia de un estancamiento en la democracia, de esa recesión que nos habla de paro, adormecimiento, conformismo, indolencia.
Para Naím hoy las autocracias son menos autocráticas. Las elecciones son esenciales a la democracia pero para el autor no son el único indicador de la apertura política; hay que ver también lo que pasa con la libertad de prensa, las libertades civiles, los controles y contrapesos que limitan el poder. Pero de todas maneras se deplora la existencia de un estancamiento en la democracia, de esa recesión que nos habla de paro, adormecimiento, conformismo, indolencia. Fenómenos que han sido examinados desde hace mucho tiempo pero que hoy, puestos a observar lo que nos sucede a nosotros, nos reclama producir una crítica no a los de arriba, que harán hasta lo imposible por permanecer ahí, sino a los de abajo, que no hacen poco o nada y permiten todo tipo de excesos y aún de actitudes censurables, como aquella muy recurrente de criticar en la casa y en privado lo que pasa, para luego cruzar el quicio de la puerta principal y ya en la calle comportarse con mansedumbre frente al poder despótico y autoritario.
De esa recesión democrática hablo. Chihuahua ha tenido momentos en los que la sociedad irrumpe en el espacio público. Durante los primeros años de la década de 1970, la izquierda fungió como un actor de primer nivel y movilizó cientos de miles de ciudadanos y luego, por diversos motivos, vino la caída. Desde la derecha, en 1983, 86 y 92, se dio una alternancia política que defenestró al PRI precisamente por la gran participación social de los ciudadanos, la realización de resistencias civiles ejemplares. Pero a partir de 1995 empezó la resaca, el PRI regresó en 1998 para demostrar, como dijo el cacique mayor de aquel entonces, que había vida después de la muerte y se vino una restauración priísta que prácticamente borra la historia y nos ha llevado a la circunstancia actual en la que César Duarte aparece como el todopoderoso, el temible, el padre vitriólico que puede castigar y todo lo que usted quiera en materia de violación a la división de poderes, a la conversión del PRI en partido de Estado y, cosa curiosa, en privado nadie lo quiere, todo mundo lo detesta, lo abuchean cuando aparece en auditorios no controlados. Se le tolera que asuma el cargo cuando está de visita en Chihuahua y todo lo que usted pueda imaginar con mayor conocimiento. Pero fuera de apretar los puños entre las bolsas de la ropa, no pasa nada, la sociedad está de vacaciones, los ciudadanos dormidos, las oenegés en sus tareas monotemáticas, la izquierda corrompida y anquilosada, el discurso sobre las nuevas realidades y los temas que plantea el peñanietismo y el cambio de estado –¿se ha dado cuenta que ya vivimos en otro?– no le pasa por la nariz a nadie. A esto Moisés Naím, con todo y que no es de izquierda, le llama recesión, la apellida democrática en una especie de paradoja, sólo para subrayar algo que de alguna manera todos sabíamos. La democracia no lo trae todo, nunca, pero la ausencia de una ciudadanía siempre activa y siempre presente, menos.
Hay que dejar la quejica cotidiana y poner manos a la obra. No hay de otra contra estas recesiones.

Carta Abierta a Dizán Vázquez de Jaime García Chávez

Ciudadano Dizán Vázquez:
No me sorprende que al contestar mis críticas te llames a descalificación personal y sostengas que por esa vía pretendo denostar tu manera de pensar.
No es fecunda una polémica fincada en esos cimientos, sobre paja y hojarasca no se edifica nada perdurable, convendrás conmigo. El diálogo es el camino y continuar con rancias prácticas de tomar por contrario a quien no está conmigo, vomitar a los tibios y azotar sin piedad, es trillar un camino que ha dejado tras de sí muchos crímenes. Tomemos la miga de las ideas en conflicto, establezcamos el debate en presencia pública luego de nuestras diferencias expresadas por escrito y compartámoslo a los que nos leen. Es seguro que después de una buena disputa todos ganaremos, también que prevalecerán nuestros perfiles. Como es previsible, cada uno por su parte tratará de poner el énfasis en aquellos aspectos que tiene por esenciales y eso no ha de ser tomado como táctica para derrotar a nadie. Esa visión pugnaz dejémosla fuera, en el entendido que de mi parte no renuncio a un debate más amplio con las limitaciones que has de suponer tenemos ambos.
Te diré que a mí me gusta mucho que mi cuerpo hable aunque sea por medio del hígado, a menudo lo hago con el corazón y también doy oportunidad al cerebro que en tu respuesta dices privilegiar cuando hablas de reflexiones tranquilas y reposadas. Sólo cito tus palabras. Ejerzo además una libertad y sin falaces regodeos, mis críticas son producto de la reflexión, que llevé a concretar, en mi vida cívica, en una iniciativa para que en Chihuahua se legislara, estableciendo los Pactos de Solidaridad, y no pretendo asustar a nadie por preconizar ideas diferentes a las mías, tampoco acusar, sino propiciar el diálogo. Busco persuadir aunque no siempre logre mis mejores propósitos.
Me perturba todo discurso emitido públicamente que incite al odio. Si bien el tuyo me merece respeto, no lo reverencio, porque para ello necesitaría admitir lo que dices y no lo admiro y por eso me llamas visceral. Según mi punto de vista, evocas tiempos idos, viejos, inquisitoriales; a contrapelo de los que se han abierto en el mundo contemporáneo con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que en el caso que nos ocupa y en su amplio desarrollo, ha concretado el más grande esfuerzo contra la discriminación, en particular en materia de preferencias sexuales.
Tengo una inclinación y simpatía por la preocupación de la ONU respecto de la homofobia, por los crímenes de odio, por las sentencias de la Corte Interamericana que dicen que la dignidad pasa por el forzoso respeto al libre desarrollo de la personalidad, por el derecho de las personas a ser quienes son, desde lo más profundo de su ser y conciencia. Cuando estuve en tu iglesia me decían que esa es la voz de Dios en nosotros, y nunca ser personas inventadas por otros, con la finalidad de hacer prevalecer la vocación humana por la felicidad, que cuando se busca en pareja como el lugar de encuentro humano, es el sitio para la verdad, el placer, el amor, como bien lo describió un poeta surrealista. Esa relación humana, Dizán, la quieres ver, excluyentemente, bajo el prisma del matrimonio heterosexual, desentendiéndote de una realidad que la sociología ha documentado vastamente.
Tienes derecho a mantener tu opinión y yo la mía, y por encima de ambas te recuerdo que hay un Estado en correlación con una Constitución, que hasta ahora no ha aparecido con la importancia que cobran en nuestro intercambio de opiniones contrastadas. Es justamente a partir de ahí de donde se concluye lo que esperan y merecen los homosexuales de un Estado -mejor dicho, de una república- separado de las iglesias, para la regulación desde una óptica secularizada. En ese marco, las personas homosexuales que no son católicas, lo pongo de ejemplo, pueden no necesitar la aprobación de tu iglesia y, por tanto, no tienen por qué ser sometidas a sus reglas. Las personas homosexuales que profesan el catolicismo tienen también, y lo sabes, la libertad de seguir o no sus dictados. A ti la homosexualidad te parece contraria a la “ley natural”, a mi una consecuencia. No voy a discutir este punto contigo. Nuestros conceptos difieren y sólo cansaríamos a nuestros lectores. En una sociedad democrática pueden vivir y convivir todas las diversas expresiones de la sexualidad que derivan de la naturaleza y un régimen de derechos debe garantizarlo para que permita que cada quien sea lo que es.
Lo cierto es que las y los homosexuales no necesitan permiso de nadie para existir, ni para tener derechos. Éstos les pertenecen en cuanto personas plenas -no las que tú restringes y menoscabas- y esa plenitud está sujeta a la jurisdicción del Estado que previene el derecho a elegir -como a todos- con quién vivir, con quién hacer pareja y familia, con quiénes quieren compartir sus bienes con la protección que la ley garantiza para todos. Las castas y estamentos se acabaron hace mucho.
En otras palabras, hay un principio universal reconocido de que todos los hombres y mujeres son iguales y el tratamiento diferenciado que la misma Constitución y algunas leyes previenen se dan precisamente para potenciar que esa igualdad sea real, no una simple expresión literaria en algún código y los derechos humanos a este respecto siempre buscarán la protección de minorías, para que su simple condición numérica no se convierta en una causa más de su desvalimiento, esto no se llama discriminación sino un trato diferenciado. El argumento mismo de la fe, que sostienes para acequir a una mayor comprensión de la “ley natural”, es discriminatorio porque nos llevaría a pensar que exclusivamente los que tienen esa fe pueden atisbar más a fondo.
El artículo 1 de la Constitución de la República prohíbe toda discriminación motivada por las preferencias sexuales (hetero, homo, lésbico, transgénero…), y el 130 dispone que todos los actos del estado civil de las personas son de la exclusiva competencia de las autoridades administrativas, y de nadie más. Pero no solo, así lo ha sostenido nuestra Suprema Corte por mayoría de 9 a 11 ministros, entre ellos católicos reconocidos, y seguramente se continuará por esa senda en cuanto juicio de amparo se interponga en esta materia. Aquí observo que estás en un error cuando dices que el Congreso de la Unión ha legalizado y “al legalizar facilita su difusión”, un estilo de vida que causa más daños que el azúcar. Te recuerdo que legalizar no es de ninguna manera facilitar o preconizar un estilo de vida. Son los hombre y mujeres en ejercicio de sus libertades y derechos quienes buscan la protección y garantías que las leyes otorgan y tu deseas que esas puerta estén cerradas. Este tema ha llegado a la realidad mexicana a través de una reforma constitucional, congruente con todos los instrumentos que establecen los tratados internacionales en materia de derechos humanos y por la intervención de la Suprema Corte de Justicia y los tribunales federales que han resuelto, acatando los preceptos constitucionales, cuando los quejosos han planteado precisamente casos de discriminación, como los habidos aquí en Chihuahua. Pero el Congreso de la Unión aún no legisla, contrario a lo que dices, en esta materia y debe hacerlo, al igual que muchas entidades federativas, para establecer la posibilidad del matrimonio homosexual.
En la naturaleza hay una enorme diversidad sexual y la humana no es la excepción. La sexualidad y el placer no está condicionada a la reproducción. Su variedad es enorme y encuentra una expresión en la pareja homosexual de hombres o mujeres, también se produce a través de prácticas o rituales que constituyen un arcoiris de posibilidades y no hay por qué buscarle cortapisas cuando se practica con libertad y por adultos. Establecer la posibilidad del matrimonio no es otra cosa que darle todas las consecuencias a la prohibición de toda discriminación. Así lo creo, así lo dispone la Constitución y tutela la SCJN. Por lo demás, hay un amplio sentir mayoritario en toda la república que quiere vivir en un país de libertades, de derechos, practicando los valores de la tolerancia que se constituye en barrera para que no prospere el caldo de cultivo de los crímenes de odio y la homofobia.
Por eso discrepo cuando afirmas en tu carta que no toda discriminación es injusta. Para los derechos humanos, toda discriminación es intrínsecamente injusta; para la Constitución y la Suprema Corte de Justicia toda discriminación también lo es y, en efecto, se permiten diferenciaciones que remedian desventajas de algunas personas para buscar que alcancen la igualdad.
Tienes razón, Dizán: la naturaleza se saldrá siempre con la suya, pero esa naturaleza es diversa, y en la vida personal no puede imperar el criterio de una “mayoría” que imponga sus creencias. Para eso está el Estado y éste ya habló. Por lo demás, la aventura del pensamiento, igualmente diverso, continuará. Nuestro debate puede ser una modesta prueba.
Fraternalmente
Jaime García Chávez 14 Febrero 2014

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